viernes, 17 de abril de 2009

Urbi et Orbi

El Papa Benedicto XVI, consternado por la progresión de nihilismo y materialismo en el mundo, declaró que la resurrección de Cristo fue una realidad histórica, no una fábula, no un mito, no un sueño, no una utopía.
Por lo que sé, un hecho gana estatura histórica cuando es comprobable mediante las evidencias. En retruécano famoso, Carl Sagan afirmó que la ausencia de evidencias no significa evidencia de la ausencia. Los creyentes argumentarán que los Evangelios son demostración plus quam suficiente del evento de la resurrección. Pero este frenesí comporta una insoslayable cortapisa: los Evangelios no son documentos históricos, sino de fe. Es hábito entre los cristianos tamizar de las Escrituras lo que puede ser histórico o simbólico. No han faltado esfuerzos para localizar el jardín del Edén o las astillas de la magnífica arca. Las arbitrariedades de dios, de la barbarie, del crimen, del genocidio testamentario son siempre regulados por la hermenéutica. No lo es, empero, el caso de los milagros o de la resurrección.
La Iglesia razona qué es lo que se debe interpretar y que es lo que se debe admitir. Confunde el conocimiento histórico con el mitológico. Nadie puede suponer que las novelas de Walter Scott o Robert Graves sean más documentos que labores de ficción.
La Iglesia pessite en la hegemonía del conocimiento fabular. Este es uno de sus tantos modos de celebrar la virtud de la intromisión.

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